HOMBRE ESPERANDO
El tiempo se acaba. El fin se acerca.
El hombre sentado frente al televisor,
practica el único deporte que su agotado cuerpo le permite practicar: hacer
zaping. Cambiando canales busca algún programa que despierte su interés, que le
resulte entretenido y logre apartarlo de la conciencia de su realidad, pero
rara vez lo encuentra.
Hace días el médico ha confirmado sus
sospechas: el final de su existencia es inminente. Sus articulaciones están
gastadas y rígidas; sus arterias, estrechadas por las placas de colesterol,
apenas permiten el paso de la sangre que bombea un corazón agotado por el
esfuerzo. Sus músculos, atrofiados por la escasa irrigación se niegan a
responderle. Cada día le cuesta más ponerse de pie y dar algunos pasos sin
ayuda.
El hombre está resignado. Se ha dado por
vencido en la lucha desigual contra la cruel enfermedad que ha ido devastando
su organismo y se ha comenzado a despedirse de la vida.
Hasta los recuerdos parecen haberse rebelado y
se escurren caprichosamente por las fisuras de su memoria. A veces, se da
cuenta que no reconoce a la mayoría de quienes se acercan a saludarlo y no sabe
qué responder a quienes intenta iniciar con él una conversación amistosa. Pero
a él le basta con seguir recordando quién es ella, su mujer, su compañera, la
única que ha permanecido fielmente a su lado, aún cuando hasta sus hijos se han
ido despidiendo anticipadamente, argumentando que no quieren ser testigos del
deterioro lento e inevitable de su padre.
El hombre se conforma con saber que ella está
siempre al alcance de su voz, dispuesta a acudir en su auxilio cada vez que la
llame. Que vendrá prontamente a hacerle una caricia, darle un beso, alcanzarle
un medicamento, jugar a las cartas o mirar alguna de esas películas que se
repiten constantemente en la televisión.
Sigue cambiando canales sin hallar nada que
atraiga su interés. Deja escapar un largo suspiro y cierra los ojos, para caer
en ese sueño ligero y sobresaltado que le regala su enfermedad.
Afuera, la vida sigue transcurriendo,
inalterablemente.**
La tristeza y yo
La tristeza me acompaña, como una sombra
hechizada.
Sé que es inútil depositar sueños en futuros
inciertos
y poner esperanzas en besos que huyen
asustados
en miradas huidizas, en voces que ocultan el
afecto.
La tristeza me viste como un sayo de tonos
agrisados.
Sé que es en vano esperar que cambies el
destino
que le has dado a este amor que agoniza sin
remedio,
mientras el tiempo fluye y nos deja sin
aliento.
La tristeza brota de mis ojos, empaña mi
mirada,
se desliza a mi lado silenciosa, dulce y
apegada,
constante como ha sido mi lucha por abrir
caminos
que me permitan acercar mi amor a tu destino.
La tristeza me quita las fuerzas lentamente,
me arrebata las esperanzas, las ganas y la
vida;
me estruja el corazón con vano desaliento,
mientras se muere mi mano tendida inútilmente.**
Te
perdí una tarde
Y te perdí una tarde...
mientras las nubes se
descolgaban en jirones
desde un cielo
empenachado de rubores...
mientras la pena era
una niña caprichosa
jugando a solas entre
los escombros del amor.
Y te perdí una tarde...
mientras el sol
agonizaba lentamente
detrás de un horizonte
ensombrecido...
mientras la esperanza
era una nave a la deriva
entre las aguas
tumultuosas de la vida...
y los sueños, cual
náufragos heridos,
flotaban maltrechos,
agónicos, vencidos.
Y te perdí una tarde...
mientras las plantas de
hojas polvorientas
extendían sus ramas
suplicando la lluvia
la hiel de la razón se
adueñaba de tus ojos
y en los surcos
abiertos en la tierra sedienta
se perdían los
recuerdos en forma de lágrimas.
Te perdí una tarde...
para siempre.



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